De Ubar, a Venecia o la Atlántida

De Ubar, a Venecia o la Atlántida

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Hace años, todavía entripado y crudo por celebrar las Fiestas Patrias, la noche se me hizo larga bajo los embates del huracán “Gilberto”.

Por la mañana el río Santa Catarina llenaba prácticamente todo su cauce artificial: aquel chisguete de río convertido en un Danubio turbio y furioso. ¿Pérdidas en casa? Muchas, entre ellas mis libros. ¿Ayuda oficial? Sí, pero no supe dónde. En casa no.

La tormenta “Hanna” hizo lo suyo. Devastó infraestructura pública y afectó viviendas. Para colmo, en medio de una epidemia ya de por sí devastadora para la economía familiar.

Es una historia vieja, centenaria, desde tiempos cuando los huracanes ni nombre tenían. Fue un alivio para varios municipios metropolitanos que, en los años 50, se canalizara el cauce del río Santa Catarina.

Pero nunca ha sido suficiente. Y tampoco se ha tomado demasiado en serio ni por administraciones estatales ni por municipales. La infraestructura vial, por ejemplo, muchas veces no soporta ni un tímido chubasco. Las urbanizaciones nuevas suelen tener los mayores problemas.

Es común que las lluvias, no necesariamente una tormenta como Hanna, descubran fallas estructurales, falta de infraestructura pluvial, o ubicaciones en zonas con riesgo de inundación.

Eso sí, cada vez que hay un desastre causado por las lluvias, todos los políticos y funcionarios entran en un místico trance humanitario.

Desde recorridos húmedos en áreas afectadas, reparto de “apoyos”, lamentos, hasta exigencias vehementes al estado o a la federación. Y sí, la ayuda llega, pero nunca es suficiente.

Con la infraestructura urbana pasa algo más o menos igual. Durante años se ha solicitado apoyo estatal y federal para corregir los daños causados por las tormentas, por la lluvia, por los chubascos, hasta por las lloviznas.

Pero desde tiempos de Ignacio Morones Prieto no se ha propuesto alguna solución de gran alcance al grave problema hidráulico que sufre ya toda el área metropolitana. No más allá de destapar alcantarillas y registros pluviales.

Durante años he visto cómo llegan recursos para las reparaciones viales luego de un desastre, pero revientan meses después con una triste lluvia “mojapendejos” (briznita, diría mi agüela).

Además, el pavimento es como la alfombra en casa, que cubre la tenebra debajo: tuberías viejas tanto de agua como de drenaje, y eventualmente de gas.

Nuevas obras viales, nuevas urbanizaciones, nos han puesto sobre una enorme plataforma: un comal candente con sol, una alberca impermeable con lluvia: fritos o ahogados.

Sin embargo, hasta ahora se enteran de lo grave del caso y les urge un plan hidráulico. Y como si eso fuera garantía, les urge apersonarse con el Presidente para acordar acciones.

Ni el Presidente ni los alcaldes y mucho menos el Gobernador, son los indicados para revisar el tema. Primero habría que revisar el estado de la infra-infraestructura.

Y Agua y Drenaje de Monterrey debería empezar con eso. No hace mucho, en mi calle, en un tramo de no más de dos metros, hubo varias fugas consecutivas con diferencia de una semana cada vez. Uno de los trabajadores fue bastante claro: “No, oiga.

Es que hay que cambiar toda la tubería de toda la colonia, y de varias colonias”. No ha habido año en que no haya visto con frecuencia cuadrillas de AyD trabajando en fugas de agua o de drenaje. No me sorprende que aparezcan socavones por todas partes, ya sea por redes hidráulicas viejas, por mala planeación, o por materiales de mala calidad.

Los daños deben evaluarse, pero por verdaderos especialistas, de preferencia ajenos a la administración pública federal, estatal o municipal, que todo inflan y todo cobran. Además, plantear soluciones a largo plazo, no para tapar el hoyo y parchar el tubo.

De eso ya hemos tenido mucho. ¿Urge mano de obra en tiempos de desempleo? Pues ahí tienen: evisceren, primero a AyD y luego a las venas varicosas de toda la ciudad. Así se generarán muchos empleos. El “New Deal” de Roosevelt, pero chiquito.

Si el Presidente recibe a los alcaldes metropolitanos y al Gobernador, deben plantear esa urgencia secular, buscar especialistas que planteen una solución, autorizar la mejor y, de inmediato, ¡sacar las manos del presupuesto! (Recuerden el “Alex”). Pero sobre todo, insisto, echen una ojeada en AyD que, por cierto, mis vecinos se quejan (y yo) de que, de pronto, inexplicablemente, el monto de los recibos se duplicó.

Sobre el Presidente, la verdad a mí no me importa si viene a ver el desastre, si menciona a nuestro estado, o si reúne con alcaldes y gobernador. En mi vida he visto cientos de reuniones y visitas presidenciales para evaluar daños y asignar recursos… y seguimos igual.

Por encima somos Ubar, la ciudad maldita en el desierto, pero estamos sobre una Venecia entubada y con arterioesclerosis.

Con reuniones de escritorio y visitas guiadas en zonas de desastre, sólo conseguirán que con cada lluvia pasaremos de una Venecia en corsé a ser una Atlántida fodonga y cenagosa.

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