El Priorato de Krauze

El Priorato de Krauze

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Por: Francisco Villarreal.

Quienes me conocen saben que uno de los períodos históricos que me apasionan es la Edad Media. Si la reencarnación es verdadera, debí ser en esa época un monje lascivo y glotón… o monja, ídem. Pero eso sí, del clero de infantería, del que apantallaba a los vasallos del monasterio con unas cuantas frases en un pésimo latín renco. De ninguna manera con más luces que un prior, ese sí un intelectual de las cosas divinas y de su praxis para el orden social del feudo.

Por lo menos en Europa medieval ese intelecto religioso tenía sentido. Daba solidez a los gobiernos, mantenía estable el sistema económico, lubricaba el comercio, y garantizaba la paz social. Pero la gente se cansa de ver lo mismo una y otra vez. Cuando algo sucede que no puede ser ni explicado y controlado por esa élite “pensante” los ignorantes descubren que pueden ser más prácticos y más sabios al enfrentar una contingencia.

Y así pasó. La Peste Negra acabó con casi la mitad de la población europea. Ni reyes, ni señores feudales, ni sabihondos religiosos o laicos pudieron evitarlo. Cambiaron muchas cosas en la sociedad, pero no fueron tan acuciosos para inventar el término “nueva normalidad”, ni tan ignorantes para suponer una “nueva realidad”. Así que, simples como todo lo práctico, sin andar con averiguaciones y debates, entraron en el Renacimiento, término bastante apropiado después de tantos muertos. No fue un cambio tan radical, pero sí muy importante porque se aflojó el asfixiante corsé en el que vivían.

Este aspecto de la pandemia de Covid 19 es el que a veces perdemos de vista. Como pasó en la Edad Media con la Peste Negra, el fenómeno de contagiados y muertos también nos pone en evidencia a todos: gobiernos, partidos políticos, empresarios, clero, clases sociales. Cómo sufrimos la epidemia, y sobre todo cómo la enfrentamos, nos define ya no por nuestro estatus social, político, económico o intelectual, nos determina en una igualdad que ni la Revolución Francesa pudo definir mejor: la igualdad de nuestra indefensión frente al contagio y a la eventual muerte. Se llame “nueva realidad” o “nueva normalidad” es indistinto. Estamos hipersensibles; listos para hacer un cambio, como se llame.

López Obrador llegó a la presidencia proponiendo un cambio, pero si dijo que la epidemia le vino “como anillo al dedo”, a estas alturas ya debe saber que debe cambiar de dedo, o de anillo. Su preocupación por los pobres estaba bien fundada antes, pero a estas alturas se ha convertido en un objetivo fundamental que no debe eludir, y si se le cansa el ganso que no se haga pato. Yo no iría tan lejos como la posición casi golpista de los gobernadores del G12-1, pero sí tan cerca de la revisión minuciosa del Pacto Fiscal. No se trata de revisar el Pacto Federal, porque entonces sí se tendrían problemas políticos, y muy graves. Revisarlo bajo las condiciones e intereses de los “neofederalistas” sólo deja dos opciones: o el centralismo o el separatismo. Yo no me echaría ese “volado”, ya lo hicieron en el siglo XIX y todos salimos perdiendo.

Lo que es un hecho es que la epidemia esta sacudiendo al mundo, y a México. La “calma chicha” que vivimos por décadas, sin viento, sin oleaje, era como el caldo, tan tranquilo, con las verduras subiendo y bajando casi a ritmo de vals; de pronto, ¡Zaz!, y aquello es un Vesubio de hervores y erupciones.

Nuestro problema en las últimas décadas no era la política. De hecho, no tuvimos ninguna. Nuestro problema empezó cuando se subordinó el gobierno a la economía, a una economía mundial. ¡Ese es el verdadero “nuevo orden mundial” que fantasean los “teóricos” de las conspiraciones! Como no tenemos más que unos cuantos políticos reales (ningún líder de partido lo es), y como el cambio que está incubando la epidemia no es político (¡dejen de joder con el comunismo, ignorantes!), todo apunta a la economía. ¿Quién puede respaldar, defender la permanencia de un sistema económico tan devastador como el que padecimos?

Los que saben, por supuesto, no los beneficiarios de ese sistema. ¿Quiénes se supone que saben? ¡Los intelectuales! Y voilà: aparece el Priorato de Krauze, y su viejo nuevo orden. Sí, pero para empezar, el tal Enrique Krauze y los demás “abajofirmantes” también fueron beneficiarios (y siervos) del sistema económico (no político) que defienden. Saben, no son tontos, que tras la epidemia, se abre la posibilidad a grandes cambios sociales, económicos y políticos, algo que seguramente los aterra, por eso prefieren mantener el caldo a fuego bajo.

Y habría que decir que, si nos remitimos a los cambios que acarreó la Peste Negra en Europa, los primeros cambios, los más interesantes, surgieron de los ignorantes, de los siervos, y de iniciativas personales. Los intelectuales llegaron después, para entender esos cambios, es decir, hicieron su chamba. No como los intelectuales de esta cofradía, si es que lo son.

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